La serie de CUARESMA

Contra la Avaricia, Generosidad

Un día el profeta Natán le contó una parábola al rey David: “había dos hombres en una ciudad, el uno era rico y el otro era pobre. El rico tenía ovejas y bueyes en gran abundancia; el pobre no tenía más que una corderilla, sólo una, pequeña, que había comprado.

Él la alimentaba y ella iba creciendo con él y sus hijos, comiendo su pan, bebiendo en su copa, durmiendo en su seno igual que una hija. Vino un visitante donde el hombre rico, y dándole pena tomar una de sus ovejas o de sus vacas para dar de comer a aquel hombre llegado a su casa, tomó la ovejita del pobre, y dio de comer al viajero llegado a su casa”.

Evidentemente, el rey David entró en cólera y dijo que ese hombre debía ser duramente castigado por lo que había hecho; a lo que el profeta Natán le respondió que ese hombre era él, en referencia al hecho que, siendo el rey de Israel, había cometido adulterio con Betsabé y había hecho matar a su marido.

Esta parábola bien podría aplicarse a la situación que viven muchos países pobres que ven como otras naciones ricas y empresas multinacionales explotan sus recursos, ya sean diamantes o materiales para fabricar componentes de aparatos tecnológicos como móviles, tablets,… sin apenas beneficios económicos para ellos ¡Cuánta injusticia… cuántas desigualdades económicas que hay en el mundo: en manos de muy pocos la mayor parte de la riqueza del el mundo! Atentan así contra uno de los principios de la Doctrina Social de la Iglesia: el destino universal de los bienes, según el cual “Dios ha destinado la tierra y cuanto ella contiene para uso de todos los hombres y pueblos. En consecuencia, los bienes creados deben llegar a todos en forma equitativa…, sin excluir a nadie ni privilegiar a ninguno.”

De aquí, la necesidad de vivir la solidaridad, otros de los principios de la Doctrina Social de la Iglesia y que está englobada en la virtud moral de la justicia, pues se define como “la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos”. Así, pues, según el principio de la solidaridad, puede suceder que cuando hacemos limosnas o damos donativos pensamos que hacemos un acto de caridad cuando en realidad lo que estamos haciendo es un acto de justicia, pues estamos retornando a los demás lo que es suyo. Y es que se poseen cosas ajenas cuando se poseen cosas superfluas. Lo decía muy gráficamente San Basilio de Cesarea: «El pan que a vosotros os sobra es el pan del hambriento. El vestido colgado, inutilizado en vuestro armario, es el vestido de quien está desnudo. Los zapatos, que vosotros no usáis, son los zapatos de quien va descalzo». Por eso, con palabras del cardenal Angelo Comastri, “acumular es robar si el amontonar inútil impide a otros vivir”.

Y es que la avaricia (o codicia) consiste en el apetito desordenado de los bienes exteriores, una afición o apego desordenado y desproporcionado hacia las riquezas y bienes materiales (¡ojo! Puede ser avaricioso no sólo el rico sino también el pobre).

En un sentido profundo, la codicia es una respuesta enfermiza y equivocada de remediar nuestra radical indigencia; radical indigencia a la que nos llevó el pecado, pues éste hizo que perdiéramos “el esplendor de Dios” que nos protegía y “abrigaba” de modo que no necesitábamos más de lo necesario para el sustento material de la vida pues en ese estado de santidad y justicia original, previo al pecado, estábamos plenamente satisfechos a todos los niveles. Pero el pecado hizo que el hombre quedara desprovisto de todo ello y se sintiera “desnudo”, esto es, radicalmente necesitado de la plenitud perdida. De allí, que lo primero que hizo el hombre al verse “desnudo” fuera coger hojas de higuera, es decir, empezara a querer poseer bienes materiales para tratar de remediar la indigencia a la que le había llevado el pecado. Y de allí el afán de poseer de forma voraz todo bien material como si esos bienes materiales pudiesen saciar esa sed de felicidad infinita que empezó a sentir al perder el “esplendor de Dios”.

Así, pues, el error de fondo de la avaricia es pretender “cubrir” esa “desnudez”, no con Dios, sino con bienes materiales, esto es, pretender saciar la sed de felicidad infinita, no con Dios, sino con bienes terrenos (que son finitos). En este sentido, San Pablo, afirma que “la avaricia es una idolatría” pues hace de las riquezas su dios, el señor a quien sirve y en quien pone su confianza. Por eso, “No podéis servir a Dios y al dinero”. De allí que Jesús quiera abrir los ojos a sus discípulos guardándose de toda codicia pues “la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee”, es decir, el fundamento último de la vida del hombre no depende de sus riquezas pasajeras y caducas sino de Dios.

Por eso, como afirma San Pablo, “la raíz de todos los males es la avaricia” porque la avaricia pervierte el recto orden de las cosas haciendo que las riquezas sean lo más importante en la vida de una persona, relegando a Dios a un segundo o tercer plano haciéndolo, en el fondo, irrelevante en la vida de uno. En este sentido, Jesús exhortaba a sus discípulos: “Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura”. Pues como dice en otro momento, “Dios ya sabe de qué tenéis necesidad”, y para que confíen en Dios y en su Providencia cuando los envía de dos en dos les pide que “no llevéis oro, ni plata, ni dinero en vuestras bolsas; ni alforja para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón”.

Vemos, pues, cómo Jesús los educa para que vivan la virtud de la pobreza (que no es la pobreza con la que nos referimos comúnmente y que hace sufrir a tantas familias que les cuesta llegar a fin de mes de forma continuada). Pobreza que Él mismo vivió de forma radical pues no tuvo sitio propio donde nacer, ni sepulcro propio donde ser enterrado, ni lugar donde “reclinar la cabeza” para dormir ni cuando se “durmió” en la Cruz y pasando muchas veces hambre y sed.

El que vive la virtud cristiana de la pobreza usa los bienes de la tierra con el fin para el que fueron creados: sustentar la vida del hombre en la tierra; y conseguido este fin, cesa la causa de la necesidad. Vivir esta pobreza es, en el fondo, una profesión de fe en Dios, una manifestación de que el corazón no se satisface con las cosas creadas sino con el Creador; reconoce que está hecho para Dios, y Dios es su verdadera riqueza, el Único que puede saciar su sed.

Y es que la virtud de la pobreza desapega al alma de los bienes materiales, le lleva a vivir desprendida de las cosas terrenas, disponiéndose así más fácilmente para las cosas de Dios. Desembarazada de las cosas de la tierra, sin ataduras terrenas que la aten a las cosas de este mundo puede alzar el vuelo hacia Dios, libre y desocupado el corazón para que el Señor lo llene con los tesoros de su divinidad, que para eso nos creó. Y es así como se cumplen las palabras de la Virgen de que Dios “colma de bienes a los pobres y a los ricos los despide vacíos”.

Y así como la avaricia lleva a una ceguera e insensibilidad (que es una dureza de corazón) hacia las necesidades de los demás, como nos muestra Jesús en la parábola del pobre Lázaro y el rico Epulón, que sólo tiene ojos para sus riquezas, la virtud de la pobreza enseñada por Jesús, en tanto que permite al alma levantarse e unirse a Dios, ensancha el corazón y lleva a preocuparse por los demás, a querer atender sus necesidades; con lo que llegamos al “antídoto” que permite vencer la avaricia: la generosidad o liberalidad, virtud que inclina al hombre a desprenderse fácilmente de las riquezas y a compartirlas y entregarlas, dentro del recto orden, en beneficio de los demás.

De esta forma se vence la seducción que éstas ejercen en nosotros y nos libera de la esclavitud a que nos pueden someter. Como me dijo un día un sacerdote: “el diner és llaminer”. Por eso, la generosidad, fundamentada en la pobreza cristiana, nos lleva a usar de los bienes terrenos de forma que podamos alcanzar los eternos; la generosidad hace que las riquezas se puedan convertir, no en un peso que nos hunda al infierno, sino en alas que nos lleven al cielo.

Un ejemplo conmovedor de pobreza cristiana y generosidad es el de la viuda pobre que, como hizo observar Jesús a sus discípulos, habiendo echado tan solo dos monedas pequeñas, “ha echado más que todos; pues todo estos han echado como ofrenda algo de lo que les sobra; ella, en cambio, en su necesidad ha echado todo lo que tenía para su sustento”. Ejemplo que me recuerda un episodio en la vida de Madre Teresa de Calcuta en la que un multimillonario americano, en su petulancia, le preguntó a Madre Teresa hasta cuánto podía dar (no fuera caso que diera demasiado). Y ella que, sin importarle la cantidad que este hombre podía ofrecer pero si interesada en la salvación de este hombre le contestó: “Da hasta que te duela” animándole así a ser verdaderamente generoso, a no dar sólo lo sobrante sino algo más. En este sentido, pienso que es un buen criterio a la hora de dar limosnas o hacer donativos.

Por último, algunas sugerencias para vivir la virtud de la pobreza (y la generosidad): cuidar las cosas (durarán más); no crearse necesidades; evitar gastos personales motivados por el capricho, la vanidad, el deseo de lujo; ser austeros con nosotros mismos en la comida, la bebida… y generosos siempre con los demás; escoger para nosotros lo peor, si la elección pasa inadvertida; aceptar con paz y alegría la escasez, si falta incluso lo necesario; dar limosna,…

LOS 7 PECADOS CAPITALES

En este tiempo sagrado de Cuaresma, nos sumergimos en un período de reflexión y renovación espiritual. 

Contra La Ira, Paciencia

Contra La Ira, Paciencia

Contra La Ira, Paciencia¿Quién no ha sentido nunca ni se ha dejado llevar por un arrebato de ira? ¿Quién no ha experimentado en algún momento cómo se iba encendiendo por dentro hasta que al final no ha podido aguantar más y ha estallado?[dsm_button...

Contra La Gula, Templanza

Contra La Gula, Templanza

Seguramente, muchos de los momentos agradables de nuestra vida que han quedado almacenados en nuestra memoria han tenido lugar alrededor de una mesa: con motivo de una boda o de una 1ª Comunión; de fiestas populares como la noche de San Juan;