La serie de CUARESMA

CONTRA LA PEREZA, DILIGENCIA

La pereza, aunque a menudo subestimada, es un pecado con consecuencias significativas. San Agustín nos advierte sobre su peligro, siendo un “virus silencioso” que puede llevarnos a la inacción y la ociosidad. Enfrentémosla con diligencia, la cual nos impulsa a realizar nuestras tareas con prontitud y amor, contrarrestando así sus efectos perniciosos.

La diligencia, emparejada con la fortaleza y la caridad, nos impulsa a actuar con determinación y amor en cada tarea, recordando que el amor nos da alas para hacer lo que debe hacerse. En momentos cotidianos y espirituales, como al levantarnos, al trabajar y al practicar nuestra fe, la diligencia nos guía hacia una vida más plena y virtuosa.

En primer lugar, me gustaría abordar el que en la lista de los 7 pecados capitales aparece siempre en último lugar: la pereza. Es verdad que no es uno de esos pecados que podríamos llamar “agresivos”, en el sentido, que no notamos con especial intensidad en nuestra sensibilidad y afectividad su efecto en nosotros como sí lo hacen, por ejemplo, la ira o la lujuria sino que más bien lo podríamos clasificar de “virus silencioso”.

Pero, como advierte San Agustín, “la ociosidad camina con lentitud, por eso todos los vicios le alcanzan”. Y precisamente la pereza es esa somnolencia del ánimo y debilidad de la voluntad, que conduce a la inacción y a la ociosidad. Y precisamente porque le alcanzan TODOS los vicios, lo primero que hemos de hacer es sobreponernos a la pereza, esto es, vencerla. Especialmente por 2 motivos: por el bien que dejas de hacer y por el mal que puedes llegar a hacer.

Por el bien que dejas de hacer: porque, como Jesús enseña en la parábola de los talentos, el perezoso entierra los talentos que de Dios ha recibido no haciéndolos fructificar para mayor gloria de Dios. El que se deja dominar por la pereza es de corazón inconstante, no perseverante que no acaba lo que empieza, que nunca acaba de “despegar”. Que no nos pase que, dominados por la pereza, llegue un día en el que acabemos mirándonos a nosotros mismos y nos demos cuenta de la diferencia que hay entre lo que podríamos llegado a ser y en lo que, decepcionantemente, nos hemos convertido. Y llegue el día que nos presentemos ante Dios y veamos todo lo que el Señor esperaba de nosotros y lo poco que hemos correspondido.

Por el mal que puedes llegar a hacer: San Pablo en una de sus cartas dice tajantemente: “Quien no quiera trabajar que no coma. Pues oímos que hay algunos que andan ociosos entre vosotros sin hacer nada pero curioseándolo todo” (2Te 3, 10-11). Y en otro momento, hablando de las viudas jóvenes comenta que “al estar ociosas, se acostumbran a andar de casa en casa, y nos sólo no hacen nada, sino que chismorrean y se meten en todo, hablando de lo que no conviene” (1Tm 5, 13). Vemos, pues, como la pereza y la ociosidad llevan a la vana curiosidad y a las habladurías (de las que el Papa Francisco habla a menudo con mucha dureza).

Aunque el pasaje más paradigmático del daño que puede llegar a causar la ociosidad es aquel del rey David en el que él, a pesar de que su ejército estaba en la guerra y, como rey, tenía la obligación de ir a la guerra, prefirió quedarse en palacio. Y, después de hacer la siesta, vio a una mujer muy bella, Betsabé, que estaba bañándose y decidió acostarse con ella, cometiendo adulterio, pues estaba casada. Y al quedar encinta y para encubrir su adulterio, hizo que el esposo de Betsabé, Urías, volviese a Jerusalén para que se acostara con su mujer. Pero Urías no accedió a la petición del rey David pues mientras sus compañeros estaban en guerra no le parecía bien estar en casa con su mujer. Así que David lo envió de nuevo a la guerra y pidió al general Joab que lo pusiera en primera línea allí donde el combate fuera más duro y así muriera. Y murió. Con este ejemplo vemos como la pereza y la ociosidad pueden llevar a cometer grandes pecados como son el adulterio y el asesinato.

El ”antídoto” para la pereza es la diligencia; podemos definirla como esa prontitud de ánimo, esa agilidad, en hacer con amor, lo que tengo que hacer en cada momento. Es esa laboriosidad a la hora de realizar las tareas encomendadas. Por eso, en este sentido, la virtud de la diligencia está emparejada con la virtud de la fortaleza en tanto en cuanto requiere fuerza de voluntad para llevar a cabo lo que debe hacerse en cada momento. Y, a la vez, forma parte de la virtud de la caridad pues, parafraseando a San Ambrosio, “nadie ama perezosamente”; el amor “da alas” (diligencia) para hacer lo que debe hacerse. En este sentido podemos pensar en ese pasaje del Evangelio en el que la Virgen, al enterarse de que su prima santa Isabel estaba en cinta, “se levantó y marchó deprisa” (Lc 1, 39) para ir a ayudarla, a servirla.

Algunos momentos del día en los que podemos vivir de una manera especial la diligencia son: a la hora de levantarnos por la mañana, en la ejecución de las tareas encomendadas (estudio, trabajo, labores de casa), a la hora de ir a dormir (hay una ociosidad peligrosa que lleva a la lujuria). Y también podemos vivirla en lo que se refiere a las cosas de Dios: la Santa Misa, la Confesión, el rezo del Santo Rosario, la oración personal,… pues, no pocas veces, el diablo pone en nosotros una cierta desgana, cansancio, tibieza,… cuando no, imprevistos o posibilidad de hacer otras cosas.

LOS 7 PECADOS CAPITALES

En este tiempo sagrado de Cuaresma, nos sumergimos en un período de reflexión y renovación espiritual.